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Gustavo Acosta está obsesionado con el poder de la arquitectura, tanto por
su grandiosidad externa como por las historias obscuras que puede encubrir.
En una pintura de Acosta lo que a primera vista parece una escena urbana
nostálgica, al inspeccionarla con detenimiento revela edificios con muros
como fortaleza e interiores de catacumba. Tan impresionantes como aparecen
sus ciudades, estan vacías de gente, desoladas y no habitables. Los
edificios de Acosta siendo tan grandiosos como vacíos, sugieren las falsas
promesas de la historia, que todo lo que queda de las revoluciones y de los
imperios son sus fachadas arquitectónicas.
Las pinturas de Acosta tienen el poder misterioso de evocar la condición
psicológica del exilio. Todos hemos vivido la experiencia de regresar a un
lugar de nuestro pasado, sólo para descubrir que aún cuando el lugar existe
físicamente, permanece ilusorio, un poco más que un telón de fondo a
nuestros recuerdos de otro tiempo. Esta cualidad de desplazamiento temporal,
del pasado y el presente coexistiendo, es primordial al arte de Acosta y es
tal vez su logro más importante.
Escéptico de ideología, política o estética, las pinturas de Acosta combinan
áreas históricamente desasociadas de expresión artística, espacio
tri-dimensional, teatro y un énfasis modernista en la superficie
bi-dimensional. Para Acosta la idea de pureza estética es sólo otra forma de
encarcelamiento. El sigue su visión artística con suprema indiferencia a la
moda. Sus hermosas pinturas artesanales, con sus cielos majestuosos cargados
de nubes, reflejan la convicción de Acosta que el arte es un reino sublime,
un antídote esencial al fervor intelectual del momento y las
ideologías en bancarrota del pasado.
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