El México del siglo XX se caracteriza por su notable legado
artístico, un legado dominado por la figuración. Gunther Gerzso es
la gran excepción siendo un gran artista abstracto. Desde 1948 Gerzso
descubrió un nuevo espacio pictográfico para la pintura abstracta,
un espacio que reconocía el espacio plano y restringido del cubismo y a
la vez exploraba las vistas interminables del surrealismo tardío. A pesar
de las intrigantes afinidades de sus pinturas con el modernismo europeo, las
obras de Gerzso son distintivamente suyas, una síntesis única de
abstracciones geométricas y de paisaje, arquitectura, y poesía del
México precolombino.
Las pinturas de Gerzso aparecen como combinaciones de coloridos planos o paredes
geométricas en capas una sobre otra. Áreas de superficie amplias
con texturas que varían desde lo escabroso hasta pulidos como vidrio son
contrastadas con áreas en receso sugiriendo un espacio interior
más allá del campo visual. Gerzso utiliza la arquitectura
analógicamente y por lo tanto en sus pinturas una abertura es un pasaje
tanto al cuerpo como a la mente. Gerzso ejecuta sus obras meticulosamente e
infiltra en cada detalle su manera de pintar que refinó a través
de medio siglo. La perfección formal de las abstracciones de Gerzso
sugieren solamente un aspecto del poder que tienen para atraer al espectador
porque también son objetos muy personales con los que se puede asociar en
muchos niveles.
Los sitios arquitectónicos del México precolombino son hechos de
piedra cortada. Sus siluetas afiladas son una de sus características
más definidas. Gerzso también restringe sus pinturas a
configuraciones tipo bloque, poseyendo cada una las orillas afiladas de la
masonería prehispánica. Al identificar sus pinturas con la
arquitectura del México indígena, Gerzso afirma que a pesar de las
influencias de la cultura europea, la suya es una visión artística
con raíces en las Américas. Referencias formales a la
construcción de piedra prehispánica reflejan la admiración
que el artista siente por los objetos bien hechos, tan bien concebidos y
ejecutados que resisten la incursión del tiempo.
La piedra es más que un material de construcción, es un material
primordial, eterno e inexorable. Las pinturas de Gerzso tienen un impresionante
parecido y sentir de la piedra gracias a sus sutiles mezclas de pigmento y
piedras pómez. La densidad fija de la piedra se contrasta con los colores
ricos y la textura de sus pinturas: verdes como junglas, ocres como desiertos,
azules como minerales; las variadas imprentas de lluvia, viento, y arena.
Más allá de una vivificación formal de su
composición, el color y la textura son recordatorios del incansable poder
de la naturaleza para transformar todas las cosas hechas por el hombre.
A pesar de ser abstractas, las pinturas de Gerzso son paisajes enraizados en la
geografía vasta y variada de México. Cuando son vistos desde una
perspectiva topográfica, estas pinturas son sobre la abstracción
de la distancia. Puede parecer que las superficies sugieren junglas, mesas
desérticas altas, o cuerpos de agua, pero permanecen tan lejanas que es
difícil distinguirlas con claridad. La ilusión de distancia fuerza
al espectador a usar su imaginación para completar la pintura.
Paradójicamente, la misma pintura se puede leer convencionalmente en un
eje horizontal y vertical. Se puede ver como un acercamiento o el detalle de una
composición mucho mayor. Este efecto es reforzado por la manera en que
Gerzso corta sus composiciones para sugerir una continuación más
allá de la línea del marco, por la atención exquisita al
detalle la cual lleva al espectador a los matices de glaseados y textura de las
superficies, así como a las divisiones celulares de forma dentro de el
marco de la composición completa.
Además de delinear formas, las líneas de Gerzso pueden flotar
libremente como acentos líricos o como coordenadas enigmáticas. A
menudo parece que las pinturas están iluminadas por detrás, que el
área alrededor de ellas está pulida y esto hace que resalte su
presencia discreta en la composición total. La línea
también puede sugerir una incisión o un desgarre, la violencia de
un terremoto o la agresión humana. Sin embargo, son las líneas
curvadas de Gerzso las que son las menos esperadas. Con éstas, el
transforma un paisaje creando los suaves dobleces de los lugares secretos del
amor.
Gerzso era un magnífico colorista con una paleta completamente
única. El podía según su deseo crear tonos verdes que
evocan la transparencia serena del jade cortado tan delgado que la luz ilumina
su afilado borde, o los verdes fecundos y terrenales de las tierras bajas del
sur de México. En un momento sus tonos naranjas son tropicales,
cálidos y llenos de luz solar, en el siguiente pasaje son duros y
desnaturalizados como las luces de la Ciudad de México.
Hasta su muerte a los ochenta y cinco años Gerzso continuó creando
pinturas que combinaban un sentido muy desarrollado de la poesía con una
constante exploración pictográfica. En un país donde las
tradiciones pictográficas eran definidas por figuración, Gerzso se
atrevió a perseguir la abstracción. El creó un mundo de
pintura de la metafísica de la piedra, de geometría inspirada por
lo precolombino, y de paisajes terrenales y psicológicos. La primera vez
que son vistas, las pinturas de Gerzso parecen remotas. No entregan sus secretos
fácilmente. Sin embargo, al ser vistos repetidamente, revelan una
presencia artística única: a la vez luminosa, impermeable, y
más allá del alcance del tiempo.