En una época en que sus contemporáneos estaban pintando murales
con temas nacionalistas e implicaciones abiertamente políticas, Rufino
Tamayo decidió pintar unas telas íntimas cuya naturaleza era,
comparativamente, mucho más lírica y sutil. Su primera
preocupación -como pintor- fue aprender las lecciones de aquellos artistas
que más admiraba: Cezanne, Matisse y Braque. Al mismo tiempo,
descubrió las maravillosas tradiciones de las artes visuales mexicanas,
en particular aquellas que tienen que ver con el arte precolombino de sus
ancestros oaxaqueños. En la habilidad de Tamayo para fusionar los
más sofisticados aspectos del modernismo con el poder expresivo del arte
antiguo de México, radica el carácter peculiar de su genio.
Un Esquema de su Desarrollo
Hacia 1931, después de una década de asimilación de las
más modernas corrientes europeas en la pintura, Tamayo comenzó a
pintar, en su muy personal estilo, unas enormes figuras pesadas,
hieráticas, claramente inspiradas en el arte precolombino. Estas obras
alternaban con algunas naturalezas muertas y escenas de la vida de los humildes
indígenas, y culminaron en 1938 con una serie de obras maestras con el
tema de Las mujeres de Tehuantepec.
Hacia 1940 la influencia de Picasso en la pintura de Tamayo se reflejó en
una marcada distorsión de sus figuras. Tamayo se sintió
atraído por la violencia expresiva de las formas que utilizaba Picasso;
en ellas pudo reconocer los nexos que las unían, tanto con el arte
precolombino, como con los terribles momentos históricos que se estaban
viviendo. El tema de un bombardeo aéreo, pintado primero que nadie por
Picasso en el Guernica, se convirtió en uno de los principales temas de
Tamayo a lo largo de la década de los cuarenta.
A principios de los años cincuenta, la conciencia de Tamayo con respecto
a la creciente capacidad de autodestrucción del ser humano se
manifestó en obras con títulos como Terror cósmico o El
hombre en llamas. Para ello desarrolló un estilo híbrido que bien
podríamos denominar "cubismo de vidrios rotos": composiciones de
pedacería y cascos rotos que se curvan y cortan el espacio. Con una
mirada poética vio las relaciones entre los trozos de un cristal roto y
las llamas de una hoguera: tortuosas y, a la vez, transparentes. Los restos de
una catástrofe.
Desde el principio de la carrera de Tamayo las imágenes del cielo
nocturno, de seres humanos solitarios o de parejas de amantes que contemplan el
firmamento, fueron motivos importantes en su pintura. A esta imaginería
primordial, impregnada de la mirada devota del hombre primitivo, Tamayo
añadió, durante la década de los cincuenta, todo el
espectro de la tecnología moderna: cohetes, satélites y aviones
supersónicos. Temas muy apropiados para la década de las primeras
exploraciones espaciales.
La fascinación de Tamayo con el movimiento, evidente en sus pinturas de
viajes espaciales, comenzó a menguar hacia fines de los años
cincuenta. De allí en adelante, la línea fue desempeñando
un papel cada vez menos importante en sus obras, y Tamayo se dedicó a
pintar figuras solitarias y monumentales. Estas son las obras que reconocemos
como propias de la madurez de su estilo. El color y la riqueza pictórica
de sus texturas se convirtieron en las fuerzas expresivas dominantes en su
pintura, y esta tendencia fue la que prevaleció en su trabajo durante las
siguientes tres décadas.
"Para el azteca,
la escultura en piedra es una piedra esculpida; sólo
después se convierte en metáfora." -- Octavio Paz
Tamayo siempre sostuvo que el tema de una pintura es sólo un pretexto
para pintar. Siempre quiso dejar bien en claro al espectador que su verdadero
tema era la realidad física de la pintura, su calidad tactil y retinal.
Esta fidelidad a los materiales fue una lección que aprendió del
arte precolombino. Para Tamayo la pintura, más allá de lo
interesante que puedan resultar sus temas, existe primeramente como una
experiencia física, sensual y sensorial. Sin embargo, esta sensualidad
siempre estuvo en él atemperada por la sobriedad y la disciplina. Tamayo
fue siempre muy riguroso en la afirmación de las propiedades
bidimensionales de las superficies pintadas. Del mismo modo fue muy riguroso con
su paleta, limitándola al menor número de colores posible.
Tenía una habilidad extraordinaria para evocar las texturas y los colores
de la naturaleza: piedras, metales, maderas, flores y puestas de sol, vasijas de
terracota y tierra de las tumbas que las contenían. Pero la sensibilidad
de Tamayo con respecto a la realidad física del mundo es sólo una
parte de la historia de sus logros artísticos.
Desde el inicio de su carrera la imagen de la sandía fue una presencia
recurrente en las naturalezas muertas de Tamayo. Claro que su amor por las
sandías tiene que ver con sus experiencias de niño como trabajador
en los puestos de fruta de los mercados de México. Después de
todo, ¿qué podría constituirse en una imagen más
potente de los placeres cotidianos de este mundo que una apetitosa fruta de
brillantes colores, jugosa y de dulce sabor? Y aunque la forma de una rebanada
de sandía puede verse como una sonrisa -y como tal fue utilizada
frecuentemente por Tamayo para representar las bocas de sus figuras sonrientes-
la sandía tiene connotaciones y resonancias más profundas. Se
trata de una fruta que se corta con cuchillo. Incluso en su forma, el
ángulo en que se corta la sandía sugiere la presencia del
cuchillo. La fruta misma nos recuerda la carne y la sangre por su color. En la
pintura de Tamayo la sandía, que simboliza la sensualidad de la realidad
mundana, es también una imagen del sacrificio ritual: una ofrenda a las
fuerzas ignotas que modelan nuestro universo. Existe, además, un nivel de
significación más recóndito en el cual vibra esta imagen:
al acentuar la forma creciente de la sandía, Tamayo la relaciona con las
fases de la luna. Así, crea una imagen poética que evoca, a la
vez, la sensualidad de la fruta, la sangre de los sacrificios rituales, y la
eterna presencia de la luna.
"México es
un país de aleqría trágica. Sólo las
imágenes para turistas lo quieren ver retórico,
alegre, romántico y lleno de colorines. La tragedia pesa
sobre nosotros desde las épocas más remotas. En la
tradición precortesiana nada era bonito. Yo tampoco pinto
cosas bonitas, y por eso dicen que mi pintura es horrorosa." -- Rufino Tamayo
En la anterior cita Tamayo nos habla de la complejidad de la psique mexicana, y
de los sentimientos contradictorios que se hallan en el corazón de su
temperamento artístico. Los cuadros de Tamayo tienen una
construcción tan austera como un hueso. Sus figuras han sido reducidas al
máximo de su simplicidad. Podemos ver en ellas una armazón interna
de cráneos, costillares y huesos de la cadera. Sin embargo, estas figuras
también tienen miembros articulados, como aquellos que asociamos a los
títeres y a algunos juguetes. Sonríen y gesticulan con la misma
espontaneidad con que lo hacen los niños. Las figuras de Tamayo -o sus
"personajes", como a él le gustaba llamarlos- son lo mismo imágenes
de nuestra mortalidad, que asombrosos talismanes de exhuberancia infantil. En la
medida en que estas imágenes evocan un antiquísimo pasado
precolombino y culturas que ya no existen, Tamayo evoca también la
naturaleza fugaz y pasajera de nuestra civilización.
Es muy difícil identificar la imaginería de Tamayo con la de
alguna cultura mesoamericana específica o bien con algún
período histórico en particular. Sus figuras del otro mundo son,
al mismo tiempo, arcáicas y futuristas, y, por lo tanto, inmemoriales. No
es raro que los personajes de Tamayo parezcan robots deshumanizados que han sido
inscritos en los viejos muros. Contribuye a este efecto el hecho de que la
superficie pintada, que parece de tierra o de piedra, y que en realidad no es
más que una delicada mezcla de capas de pintura y polvo de mármol,
ha sido rayada y esgrafiada. Sus texturas sirven a un doble propósito:
sugerir la presencia de un petroglifo y las sustancias irreductibles del mundo
terrenal.
Los escritores que han intentado distinguir los logros de Tamayo de los
conseguidos por los muralistas mexicanos se han enfocado, sobre todo, en su
preocupación por los valores plásticos. Al hacerlo, con mucha
frecuencia se han olvidado de la capacidad de Tamayo de crear imágenes.
Resulta imposible pensar en la pintura de Tamayo sin traer a la memoria sus
perros aulladores, sus pájaros de presa, sus observadores del cielo,
así como una sorprendente tropa de payasos, locos y excéntricos.
Tamayo reconoció siempre el poder de la espontaneidad del gesto, la
carcajada o el llanto, y muchos de sus cuadros más memorables son
imágenes que contienen estallidos expresivos de esta clase.
Tamayo disfrutó de una larga vida: vivió hasta los
noventaiún años y continuó pintando con intensidad y rigor
hasta el final. Sus últimos trabajos están bañados de una
suerte de optimismo, que se ve confirmado tanto en su rica substancia
pictórica como en una atmósfera de sereno desapego. En la
iconografía de estas últimas piezas aparecen con frecuencia
figuras sin ojos y sin boca, como si el paso del tiempo les hubiera borrado los
rasgos. Al igual que en el arte precolombino de México, hay en estas
pinturas una poderosa presencia física que no les impide permanecer
distanciadas, habitando un mundo de "un silencio casi mineral".
Ya sea que pintara a la sombra del muralismo, el expresionismo abstracto, o el
pop art, Tamayo fue siempre un artista único, original y solitario. Sus
verdaderos contemporáneos fueron Bacon, Dubuffet y Balthus, artistas que
también trabajaron con la figuración en una época en que el
expresionismo abstracto norteamericano dominaba la escena. Entre los artistas
estadounidenses, tal vez sólo de Kooning compartió afinidades
significativas con Tamayo: ambos utilizaron un violento expresionismo; ambos
atacaron salvajemente a la figura humana; ambos se sintieron fascinados por las
formas femeninas.
Hoy en día existe un consenso creciente que reconoce el talento
formidable de Rufino Tamayo. Además de haber sido uno de los más
grandes artistas figurativos de nuestro tiempo, creador de una síntesis
personal entre lo ancestral y lo moderno, Tamayo es, junto con Matisse, Bonnard
y Rothko, un colorista supremamente dotado que supo expander los límites
del lenguaje formal de la pintura. Sus innovaciones en la superficie de la tela
se cuentan, junto con las de Dubuffet y Tapies, entre las más notables
que han producido los pintores de la segunda mitad del siglo XX. Aparte de todos
estos logros, hay en su trabajo una calidad visionaria -contemplativa, evocadora
de lo eterno, de antiguas arquitecturas, de los planetas y de las estrellas- que
constituye su contribución más auténtica y original a la
poética de la modernidad. A final de cuentas, especular acerca del lugar
que ha de ocupar Rufino Tamayo en la historia del arte es mucho menos importante
que el reconocimiento de su impresionante obra que habrá de sobrevivirnos
a todos.